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Guía de viaje Región de Murcia

Identificación

Región de Murcia: La tierra de los dos mares

Introducción

Introducción Región de Murcia Referirse a la Región de Murcia implica a pensar, de manera casi instintiva, en un extenso litoral bendecido por el sol y besado por las cálidas aguas del Mediterráneo y el mar Menor. Sin embargo, esta imagen tan recurrente puede convertirse en el árbol que impide ver el bosque. En una etiqueta excluyente que deja en segundo plano los muchos atractivos de este excepcional comunidad autónoma, poseedora de una historia densa y abigarrada –deliciosamente reflejada en sus yacimientos arqueológicos y monumentos–, un importante acervo cultural y folclórico y una gastronomía rica y variada, cimentada en lo mejor de la huerta murciana y en los productos del mar.

Situada en el extremo suroriental de la Península Ibérica y acomodada entre la Comunidad Valenciana, Andalucía, Castilla-La Mancha y la costa, este enclave privilegiado ha sabido sacar partido de sus incontables alicientes parar erigirse como un importante destino turístico que va mucho más allá de las playas de arena blanca y los largos días de sol.

En cualquier caso, no siempre fue así, ya que Murcia se vio inmersa durante siglos en la ingrata tarea de enviar a sus naves a luchar contra los elementos. En efecto, su condición de territorio fronterizo a lo largo de períodos muy prolongados y el éxodo rural parecían frenar el despegue de una zona que, cual ave fénix, se ha conjurado para renacer de sus cenizas.

Poblada desde la Prehistoria y ocupada por diversos pueblos íberos –mastienos, bastetanos y contestanos–, su vecindad con el Mediterráneo hizo de Murcia un gran crisol de civilizaciones, en el que recabaron fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, bizantinos y árabes.

Precisamente, el verdadero impulso de esta tierra llegó de la mano de este pueblo, que no sólo convirtió una tierra árida en un frondoso campo de cultivo, sino que le dio nombre –se cree el término Murcia deriva del vocablo árabe Mursiya, que quiere decir ‘La Afincada’– y fundó la capital, la ciudad de Murcia, entre los años 825 y 831. Incorporada a Castilla por Alfonso X el Sabio en 1244, esta urbe moderna y vibrante aún exhibe orgullosa el legado de su floreciente pasado. Entre sus numerosos tesoros arquitectónicos, brilla con luz propia la catedral, levantada en 1266 sobre la antigua mezquita mayor y cuya fachada principal se ha convertido en una de las imágenes más icónicas del arte peninsular. Asimismo, tampoco desmerecen otros edificios religiosos, como el convento de Santa Clara (1248) o la iglesia de la Merced.

El excepcional patrimonio de la capital rivaliza con el de la segunda ciudad de la Región: Cartagena, una de las urbes con más historia del Mediterráneo. Dignísima depositaria de un fascinante mestizaje cultural, sus habitantes guardan orgullosos los vestigios dejados por sus fundadores –liderados por el caudillo cartaginés Asdrúbal, quien llegó hasta allí en el año 223 a.C.–, por los romanos –artífices de su precioso teatro romano, de finales del siglo I a.C.– y por los pueblos que le sucedieron.

Tampoco le van a la zaga Caravaca de la Cruz –un núcleo medieval con un extenso patrimonio arquitectónico y una gran importancia como centro de peregrinación (goza de un Año Jubilar Permanente)– o Lorca, declarada Conjunto Histórico Artístico en 1964. Pese a los estragos ocasionados por el terremoto del 2011, esta localidad aún comparte con el viajero su esplendoroso muestrario arquitectónico, con la Fortaleza del Sol como punta de lanza.

Pero si interesantes son las poblaciones del interior, otro tanto ocurre con los principales destinos costeros, como Águilas, Mazarrón, la Manga del Mar Menor o San Pedro del Pinatar, por no citar sus bellísimos espacios naturales o su ingente oferta hotelera y de ocio.

Poseedora de magníficas infraestructuras que comprenden dos aeropuertos –el de San Javier y el Internacional de Murcia, que entrará en funcionamiento en breve– y dotada de todos los servicios, la Región es algo más que unas placenteras vacaciones junto al mar. Más bien, podría decirse que es una oportunidad única: un reto para los cinco sentidos y un regalo para el espíritu, que encontrará en ella una fuente inagotable de emociones.

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