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Curiosidades|Tres trocitos de mundo en una sola Lisboa

Tres trocitos de mundo en una sola Lisboa

La capital portuguesa tiene el don de la ubicuidad. Traslada al visitante a tres emblemáticos lugares del planeta como el puente de San Francisco, la boca de metro parisina de Amélie y el Cristo de Río de Janeiro sin salir de la ciudad

Mayte
Texto De:
Mayte
Publicado el:
03/12/2014 16:34:51
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El caracerístico puente rojo sobre el río Tajo
El caracerístico puente rojo sobre el río Tajo
El caracerístico puente rojo sobre el río Tajo
El caracerístico puente rojo sobre el río Tajo
El caracerístico puente rojo sobre el río Tajo

El caracerístico puente rojo sobre el río Tajo

Lisboa tiene tres trampantojos (una especie de engaño óptico que toma la forma de algo que no es) que nos trasladan a otras partes del mundo sin necesidad de comprar otro billete de ida y vuelta. Son el Puente 25 de Abril, el Cristo Rei y la boca de metro de Picoas. Tres trocitos de mundo dentro de una sola ciudad.

El primero se camufla en el skyline de Lisboa en forma de ¿Golden Gate?... En realidad, se llama Puente 25 de Abril y es la antesala del océano Atlántico, aunque los profanos jurarían que esta imagen es una postal de la bahía de San Francisco a orillas del frío Pacífico.

La confusión se explica en que el Golden Gate luso es una réplica del estadounidense (los portugueses lo encargaron a la misma compañía que construyó a su antecesor) y sirve para conectar el norte (Lisboa) y el sur (Almada). El Puente 25 de Abril es una obra de ingeniería que nació con nombre de dictador (Antonio de Oliveira Salazar lo mandó construir) y que hoy honra la fecha en que Portugal recuperó la democracia tras la llamada Revolución de los Claveles en 1974.

Sus 'patas', hundidas entre 35 y 80 metros en las aguas del Tajo, están bordadas a cruces, evocando quizás la religiosidad de sus gentes. Una sensación mística que se crea cuando el sol se refleja en el rojo acero (72.000 toneladas) sobre el tapiz de gasa al fondo en las aguas del río y el infinito gris del mar.

Atravesar el puente es como presenciar el aterrizaje de todos los aviones de un hangar. El tráfico de coches impacientes y el estridente tren (circulan a diferentes alturas) rechinan a lo lejos y rompen la tranquilidad de las calles aledañas. Una experiencia posible si viajas en el autobús o el tranvía, aunque no es posible recorrerlo a pie porque no hay carril para viandantes a diferencia del Golden Gate. Otra opción es dar un paseo en barco por el Tajo para contemplar su imponente estructura y apreciar, al otro lado del río, la majestuosa estatua del Cristo; nuestro segundo trampantojo.

Y es que el horizonte lisboeta vuelve a mentirnos con su Cristo Rei que asoma sin penitencia, erguido sobre un enorme pedestal de 75 metros. Es un capricho de cardenal, quien en 1935 mandó construir uno igual al de Corcovado (Río de Janeiro) para tener a Dios en Europa... y poder sacar buenas fotos del Puente 25 de Abril desde sus pies. También es una gran valla que simboliza la paz y un libro de historia que rememora agradecido que Portugal no entrara en la Segunda Guerra Mundial. Se puede orar en su capilla interior y ascender a los cielos en su ascensor hasta llegar a un vertiginoso mirador.

El tercer espejismo de Lisboa se encuentra paseando entre sus adoquines resbaladizos y los azulejos azules hasta llegar a la Rua de Andrade. La estación verde y un cartel sujeto con dos globos luminosos anuncia la boca de metro de Picoas. No está Amélie, pero se la siente en esa balaustrada decorada con motivos florales de hierro forjado. Los grafitis de los edificios contiguos enmarcan el modernismo arquitectónico con el alegre arte urbano que da color a las paredes del fondo. A pie de calle, otro cartel reza 'Metropolitano' con tipografía de cuento de terror como preludio equívoco de que al sumergirse en el 'acceso Guimard' (los lisboetas la llaman así por su diseñador Héctor Guimard) uno viaja a la Belle Epoque. Es un regalo del Metro de París a los lugareños que toman la línea amarilla del Metro de Lisboa. Así, pueden presumir, junto con los mexicanos, de ser los únicos del mundo que tienen una de las curvilíneas bocas de metro del famoso arquitecto francés.

La grandeza de Lisboa es que ni con todas las réplicas del mundo se parece a otro lugar del mundo. Porque su Cristo Rei reza a los pies del Tajo. Porque la grandeza de su puente 25 de abril sólo es comparable al hito histórico que le da nombre. Porque debajo de esa boca de metro francesa la ciudad se mueve más rápido pero con la cadencia de un fado. Unamuno ya la echaba de menos antes de irse de ella -“¿No sé qué tendrá?”, se decía-. La saudade, don Miguel, ese sentimiento inevitable de añorar Lisboa aun estando allí mismo.

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