Introducción
Pocas ciudades del mundo logran salir airosas a la hora de conciliar las
exigencias de la modernidad y el progreso con un poso cultural y
arquitectónico que ha permanecido intacto durante siglos. Precisamente,
éste es el caso de la capital japonesa: Tokio, situada en la costa este
de la isla nipona de Honshu y habitada
por la friolera de 13 millones de personas.
Más de un centenar de parques y una oferta cultural inagotable
Ameyoko: Ubicado al norte de la ciudad, es uno de los bazares
más grandes del continente asiático. Aunque tras la Segunda Guerra
Mundial la zona se convirtió en el punto neurálgico del mercado negro en
la capital, sus múltiples tiendas brindan hoy la posibilidad de
adquirir productos de marcas internacionales por muy poco dinero.
Gastronomía tokiota: el Edomae como buque insignia
En ámbito gastronómico, si por algo descuella la capital nipona es por
haber inspirado una tradición culinaria diferenciada: el llamado estilo
Edo o Edoamae. Éste tipo de cocina,
surgido en la década de 1820 en el marco de los primeros
establecimientos de comida rápida que comenzaban a proliferar por todo
el país. En la actualidad, apuesta por sabores mucho más dulces o
salados en mayor medida que el resto del archipiélago japonés.
La magia de los festivales sintoístas
Una de los aspectos que más llaman la atención del recién llegado es el
importante rol que adquieren los festivales (o matsuri) en la vida
cotidiana de la población nipona. Su origen es fundamentalmente
sintoísta y abarcan celebraciones que van desde los desfiles callejeros
hasta los picnics que tienen como escenario los parques públicos.