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Vibrante, monumental, desconcertante, sorprendente... los adjetivos se agotan a la hora de referirse a la capital del segundo país más poblado del mundo: Nueva Delhi. Señorial y decadente, antigua y contemporánea a la vez, pasear por sus calles es una invitación a empaparse de los ecos de su pasado imperial, aún presentes en el rosario de ruinas, monumentos, museos y mezquitas que salpican sus calles, y que maravillan y cautivan a partes iguales.
La animosa y bulliciosa metrópolis de Delhi, sita en el norte del país, se divide en dos núcleos bien diferenciados desde el punto de vista urbanístico: por un lado, Vieja Delhi, epicentro de la India islámica, y por otro, Nueva Delhi, erigida por los británicos para que se convirtiera en su capital imperial.
En cualquier caso, la historia de Delhi en su conjunto se remonta muchos siglos atrás, hasta el siglo XII d.C. (las cuatro primeras localidades se alzaban en la zona que hoy ocupa el complejo de Qutb). No obstante, el verdadero despegue de la zona se produjo en el siglo XVII, cuando el emperador mogol Sha Jahan decidió trasladar la capital de Agra a Delhi (a pesar de que su propósito no llegó a buen puerto, si se erigieron allí algunas construcciones de gran relevancia). Otra fecha importante es 1803, año en el que los británicos se hicieron con el control de la zona y colocaron a un administrador británico. Aunque en un primer momento ésta no era la capital de la India, lo cierto es que no tardó en convertirse en un importante centro administrativo. En 1911, los británicos anunciaron que la capital dejaba de ser Kolkata (hoy Calcuta) e iniciaron la construcción de Nueva Delhi, que quedó inaugurada oficialmente en 1931. Sin embargo, sus artífices no pudieron disfrutarla demasiado, ya que en 1947 tuvieron que abandonarla tras la proclamación de la independencia del país.
Desde entonces, Nueva Delhi ha experimentado una gran vitalidad económica y un notable crecimiento demográfico y económico. Hoy por hoy, las actividades ligadas a la Administración pública aún constituyen el principal motor de la economía local. Recientemente, los Juegos de la Commenwealth del 2010, de los que la ciudad fue anfitriona, no sólo contribuyeron a conferirle un dinamismo renovado, sino que la dotaron de numerosas infraestructuras, como una villa olímpica de 64,7 hectáreas de superficie y un nuevo metro.
La mejor época para visitar Nueva Delhi es de noviembre a marzo, debido a que su clima subtropical semiárido puede presentar unas condiciones un tanto extremas, con temperaturas frías en invierno (con mínimas –2º C) y muy calurosas durante el verano, con valores máximos que casi siempre superan los 40º C. Las precipitaciones más abundantes tienen lugar en la época del monzón, que se inicia en torno al 29 de junio. Los meses más secos son octubre y noviembre.
Para entrar en la India es necesario contar con un pasaporte con una vigencia mínima de seis meses y solicitar el visado turístico en la Embajada de la India en España (Av. Pío XII, 30-32, Madrid). Aunque éste caduca a los tres meses, puede renovarse sin problemas en la India, en cualquiera de las sedes de la Foreign Registration Office, presente en las principales ciudades del subcontinente. Del mismo modo, el país cuenta con dos consulados en España, en Barcelona (C/ Teodor Roviralta, 21-23) y Santa Cruz de Tenerife (C/ Villalba Hervás, 15). Por lo que respecta a las vacunas, sólo es obligatoria la de la fiebre amarilla para quienes procedan de regiones afectadas por la misma. Como recomendadas, se incluyen las de la hepatitis A y B, el tétanos y las fiebres tifoideas.
A la hora de contratar vuelos a Nueva Delhi desde Barcelona o Madrid (su duración suele ser de unas 14 horas), cabe tener en cuenta que algunas de las aerolíneas que los ofrecen son Air France, KLM, Turkish Airlines y British Airways. Para vuelos internacionales, Nueva Delhi cuenta con el Aeropuerto Internacional Indira Gandhi, sito al suroeste de la ciudad. En cambio, los vuelos domésticos operan desde el Aeropuerto Nacional de Delhi.
Por lo que respecta a los hoteles en Nueva Delhi, se recomienda reservar con antelación, ya que acostumbran a llenarse muy rápidamente. También es bueno tener en cuenta que la mayoría ofrecen un servicio gratuito de recogida en el aeropuerto, lo que facilita enormemente el acceso a la ciudad. Quizás el principal talón de Aquiles de los establecimientos hoteleros radica en las grandes diferencias de confort entre unos y otros de la misma categoría, por lo que se recomienda asesorarse bien antes de escoger el alojamiento en Nueva Delhi.
La moneda de la India es la rupia, que se divide a su vez en 100 paisas. En septiembre del 2012, un euro equivalía a unas 72 rupias. Sin embargo, no hay que perder de vista que muchos lugares aceptan dólares estadounidenses, cheques de viaje y tarjetas de crédito.
Y tras esta pequeña introducción, nada mejor que empezar a conocer los magníficos tesoros que esconde el inolvidable callejero de Nueva Delhi. ¿Preparados/as?
A continuación, se especifican las principales atracciones de la capital india y sus alrededores, tanto monumentales como religiosas. A todas ellas habría que sumar, si el visitante dispone de tiempo suficiente, algunos reclamos de Vieja Delhi como la concurrida calle comercial de de Khari Baoli o el Naya Bazaar. Éste último enclave, situado cerca de Fatehpuri Masjid, es el mayor mercado de especias de todo el continente asiático. En él se puede encontrar un rosario inagotable de alimentos y condimentos: hierbas, tes, ajíes, cardamomo, cúrcuma, curry, frutos secos... El límite lo pone la imaginación del viajero.
A su vez, cabe recordar que Nueva Delhi es el destino perfecto para los amantes del golf, la meditación, el yoga y los masajes ayurvédicos. La oferta se completa con clases de cocina india.
En un país cuya población supera los 1.200 millones de personas, resulta imposible referirse a una única tradición culinaria. No obstante, ya sea por el deseo de simplificar o por desconocimiento, lo cierto es que la cocina india se ha granjeado un gran prestigio y reconocimiento en todo el mundo sin establecer distinciones. De hecho, es extraño que cualquier ciudad occidental de prestigio no cuente con un restaurante indio.
Quienes hayan frecuentado alguno de ellos, se percatarán de que el picante no es una constante. De hecho, los Estados del norte y aquellos en los que predomina una mayoría musulmana se caracterizan por su apego a los sabores suaves, aunque muy aromáticos.
Otro tanto sucede con el condimento estrella de los fogones indios: el curry. Su sabor varía mucho en función de la zona. Esta mezcla de ingredientes, a la que la población local se refiere como masala o kari, constituye el acompañamiento indispensable para numerosos tipos de carne, excepto la de cerdo —si los comensales son musulmanes— o la de vaca, si son hindúes. Este ingrediente también es la base de deliciosas recetas, como el tandoori (carne adobada con yogur y preparada en hornos de barro o tandoors), los curries, los koftas, los biryanis o los famosísimos kebab, bocadillos de pan de pita con cordero o pollo, lechuga, tomate, cebolla y salsa de yogur. También conviene prestar una especial atención al seek kabah, un sencillo plato a base de carne de cordero picada, curry y huevo batido.
El pescado también ha sabido hacerse un hueco dentro de la cocina india. A esto han contribuido, y mucho, los 7.500 km de costa con los que cuenta el país. No obstante, lo cierto es que este ingrediente está presente especialmente en la costa occidental y en Bengala Occidental, una zona en la que se despliegan numerosos lagos.
En cualquier caso, si por algo se caracteriza la tradición gastronómica de este ingente territorio asiático es por sus platos vegetarianos. De hecho, no hay comida importante que no incluya las verduras o sabzi, que pueden consumirse en salsa (tari) o desecadas (sukhi).
Esta circunstancia obedece a motivos religiosos, ya que muchos hindúes rechazan comer carne. Eso sí: no son veganos, ya que su dieta admite los lácteos y el huevo. Buena muestra de ello son exquisiteces como la sambosa (o empanadillas de verdura) o el arroz pilaf (arroz con vegetales). Precisamente, éste es uno de los principales pilares de la gastronomía local, ingrediente que también sirve de base para el khichdi, una mezcla de arroz con lentejas. Éstas, a su vez, inspiran otra pequeña joya culinaria: el dhal, que contiene éstas u legumbres aderezadas con curry.
Otros dos productos muy habituales son las chepatis, una especie de tortas de trigo sin levadura y, como herencia de la dominación británica, el omnipresente chai (té).
Aunque la cocina india no es demasiado generosa en lo que a postres se refiere, es posible encontrar algunas propuestas interesantes, tales como la crema de mango, los batidos de yogur o los helados. Éstos se preparan con leche, maicena, azúcar, nata líquida, almendra y pistachos bien picados.
En cuanto al alcohol, su consumo no está especialmente bien visto por cuestiones religiosas, incluso entre los extranjeros. De ahí que no siempre sea fácil conseguir alguna botella, aunque sea de baja graduación. En cualquier caso, buena parte de la población que sí toma este tipo de bebidas se decanta por el arak, un destilado de arroz, coco o patata, el mahua, que se obtiene de la flor del árbol homónimo, o el feni, quizás el licor indio más popular.
Por último, cabe destacar que Nueva Delhi cuenta con algunos de los mejores restaurantes del país. En cualquiera de ellos, el viajero podrá disfrutar de una riquísima especialidad: las dosas, unas irresistibles crêpes saladas.
Es posible que el recién llegado perciba la influencia del Islam por encima de la espiritualidad hindú (al menos, así parecen sugerirlo los edificios religiosos que embellecen Nueva Delhi). Sin embargo, ambos credos conviven en el calendario de fiestas locales, tal y como se describe a continuación: